Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Y entró en el piso sin esperar a que la vieja lo invitara. Ella corrió tras él, dando suelta a su lengua.
‑¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Qué desea?
‑Ya me conoce usted, Alena Ivanovna. Soy Raskolnikof… Tenga; aquà tiene aquello de que le hablé el otro dÃa.
Le ofrecÃa el paquetito. Ella lo miró, como dispuesta a cogerlo, pero inmediatamente cambió de opinión. Levantó los ojos y los fijó en el intruso. Lo observó con mirada penetrante, con un gesto de desconfianza e indignación. Pasó un minuto. Raskolnikof incluso creyó descubrir un chispazo de burla en aquellos ojillos, como si la vieja lo hubiese adivinado todo.
Notó que perdÃa la calma, que tenÃa miedo, tanto, que habrÃa huido si aquel mudo examen se hubiese prolongado medio minuto más.
‑¿Por qué me mira asÃ, como si no me conociera? ‑exclamó Raskolnikof de pronto, indignado también‑. Si le conviene este objeto, lo toma; si no, me dirigiré a otra parte. No tengo por qué perder el tiempo.
Dijo esto sin poder contenerse, a pesar suyo, pero su actitud resuelta pareció ahuyentar los recelos de Alena Ivanovna.
‑¡Es que lo has presentado de un modo!
Y, mirando el paquetito, preguntó: