Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Esta respuesta irritó de tal modo al oficial, que no pudo contestar en seguida: sólo sonidos inarticulados salieron de sus contraÃdos labios. Después saltó de su asiento.
‑¡Silencio! ¡Está usted en la comisarÃa! Aquà no se admiten insolencias.
‑¡También usted está en la comisarÃa! ‑replicó Raskolnikof‑, y, no contento con proferir esos gritos, está fumando, lo que es una falta de respeto hacia todos nosotros.
Al pronunciar estas palabras experimentaba un placer indescriptible.
El secretario presenciaba la escena con una sonrisa. El fogoso ayudante pareció dudar un momento.
‑¡Eso no le incumbe a usted! ‑respondió al fin con afectados gritos‑. Lo que ha de hacer es prestar la declaración que se le pide. Enséñele el documento, Alejandro Grigorevitch. Se ha presentado una denuncia contra usted. ¡Usted no paga sus deudas! ¡Buen pájaro está hecho!
Pero Raskolnikof ya no le escuchaba: se habÃa apoderado ávidamente del papel y trataba, con visible impaciencia, de hallar la clave del enigma. Una y otra vez leyó el documento, sin conseguir entender ni una palabra.
‑Pero ¿qué es esto? ‑preguntó al secretario.