Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑En fin, mi respetable Luisa Ivanovna ‑continuó el oficial‑, he aquà mi última palabra en lo que a ti concierne. Como se produzca un nuevo escándalo en tu digna casa, te haré enchiquerar, como soléis decir los de tu noble clase. ¿Has entendido… ? ¿De modo que el escritor, el literato, aceptó cinco rublos por su faldón en tu digna casa? ¡Bien por los escritores! ‑dirigió a Raskolnikof una mirada despectiva‑. Hace dos dÃas, un señor literato comió en una taberna y pretendió no pagar. Dijo al tabernero que le compensarÃa hablando de él en su próxima sátira. Y también hace poco, en un barco de recreo, otro escritor insultó groseramente a la respetable familia, madre a hija, de un consejero de Estado. Y a otro lo echaron a puntapiés de una pastelerÃa. Asà son todos esos escritores, esos estudiantes, esos charlatanes… En fin, Luisa Ivanovna, ya puedes marcharte. Pero ten cuidado, porque no te perderé de vista. ¿Entiendes?
Luisa Ivanovna empezó a saludar a derecha e izquierda calurosamente, y asÃ, haciendo reverencias, retrocedió hasta la puerta. Allà tropezó con un gallardo oficial, de cara franca y simpática, encuadrada por dos soberbias patillas, espesas y rubias. Era el comisario en persona: Nikodim Fomitch. Al verle, Luisa Ivanovna se apresuró a inclinarse por última vez hasta casi tocar el suelo y salió del despacho con paso corto y saltarÃn.