Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Salió y se dirigió a la plaza. De nuevo una alegrÃa inmensa, casi insoportable, se apoderó momentáneamente de él. No habÃa quedado ni rastro. «¿Quién podrá pensar en esa piedra? ¿A quién se le ocurrirá buscar debajo? Seguramente está ahà desde que construyeron la casa, y Dios sabe el tiempo que permanecerá en ese sitio todavÃa. Además, aunque se encontraran las joyas, ¿quién pensarÃa en mÃ? Todo ha terminado. Ha desaparecido hasta la última prueba.» Se echó a reÃr. SÃ, más tarde recordó que se echó a reÃr con una risita nerviosa, muda, persistente. Aún se reÃa cuando atravesó la plaza. Pero su hilaridad cesó repentinamente cuando llegó al bulevar donde dÃas atrás habÃa encontrado a la jovencita embriagada.
Otros pensamientos acudieron a su mente. Le aterraba la idea de pasar ante el banco donde se habÃa sentado a reflexionar cuando se marchó la muchacha. El mismo temor le infundÃa un posible nuevo encuentro con el gendarme bigotudo al que habÃa entregado veinte kopeks. «¡El diablo se lo lleve!
Siguió su camino, lanzando en todas direcciones miradas coléricas y distraÃdas. Todos sus pensamientos giraban en torno a un solo punto, cuya importancia reconocÃa. Se daba perfecta cuenta de que por primera vez desde hacÃa dos meses se enfrentaba a solas y abiertamente con el asunto.