Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Pero Raskolnikof estaba ya en la calle. Iba por el puente de Nicolás, cuando una aventura desagradable le hizo volver en sà momentáneamente. Un cochero cuyos caballos estuvieron a punto de arrollarlo le dio un fuerte latigazo en la espalda después de haberle dicho a gritos tres o cuatro veces que se apartase. Este latigazo despertó en él una ira ciega. Saltó hacia el pretil (sólo Dios sabe por qué hasta entonces habÃa ido por medio de la calzada) rechinando los dientes. Todos los que estaban cerca se echaron a reÃr.
‑¡Bien hecho!
‑¡Estos granujas!
‑Conozco a estos bribones. Se hacen el borracho, se meten bajo las ruedas y uno tiene que pagar daños y perjuicios.
‑Algunos viven de eso.
Aún estaba apoyado en el pretil, frotándose la espalda, ardiendo de ira, siguiendo con la mirada el coche que se alejaba, cuando notó que alguien le ponÃa una moneda en la mano. Volvió la cabeza y vio a una vieja cubierta con un gorro y calzada con borceguÃes de piel de cabra, acompañada de una joven ‑su hija sin duda‑ que llevaba sombrero y una sombrilla verde.
‑Toma esto, hermano, en nombre de Cristo.