Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Eran las diez de la mañana. El sol, como siempre que hacÃa buen tiempo, entraba a aquella hora en la habitación, trazaba una larga franja luminosa en la pared de la derecha e iluminaba el rincón inmediato a la puerta. Nastasia estaba a su cabecera. Cerca de ella habÃa un individuo al que Raskolnikof no conocÃa y que le observaba atentamente. Era un mozo que tenÃa aspecto de cobrador. La patrona echó una mirada al interior por la entreabierta puerta. Raskolnikof se incorporó.
‑¿Quién es, Nastasia? ‑preguntó, señalando al mozo.
‑¡Ya ha vuelto en sÃ! ‑exclamó la sirvienta.
‑¡Ya ha vuelto en sÃ! ‑repitió el desconocido.
Al oÃr estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. Era tÃmida y procuraba evitar los diálogos y las explicaciones. TenÃa unos cuarenta años, era gruesa y fuerte, de ojos oscuros, cejas negras y aspecto agradable. Mostraba esa bondad propia de las personas gruesas y perezosas y era exageradamente pudorosa.
‑¿Quién es usted? ‑preguntó Raskolnikof al supuesto cobrador.