Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Verdad que sÃ? ‑exclamó Rasumikhine, feliz ante el hecho de que Raskolnikof le hubiera contestado. Pero esto no quiere decir que sea inteligente. No, ni mucho menos. Tiene un carácter verdaderamente raro. A mà me desorienta a veces, palabra. No cabe duda de que ya ha cumplido los cuarenta, y dice que tiene treinta y seis, aunque bien es verdad que su aspecto autoriza el embuste. Por lo demás, te juro que yo sólo puedo juzgarla desde un punto de vista intelectual, puramente metafÃsico, por decirlo asÃ. Pues nuestras relaciones son las más singulares del mundo. Yo no las comprendo… En fin, volvamos a nuestro asunto. Cuando ella vio que dejabas la universidad, que no dabas lecciones, que ibas mal vestido, y, por otra parte, cuando ya no te pudo considerar como persona de la familia, puesto que su hija habÃa muerto, la inquietud se apoderó de ella. Y tú, para acabar de echarlo a perder, empezaste a vivir retirado en tu rincón. Entonces ella decidió que te fueras de su casa. Ya hacÃa tiempo que esta idea rondaba su imaginación. Y te hizo firmar ese pagaré que, según le aseguraste, pagarÃa tu madre…
‑Esto fue una vileza mÃa ‑declaró Raskolnikof con voz clara y vibrante‑. Mi madre está poco menos que en la miseria. Mentà para que siguiera dándome habitación y comida.