Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Se levantó, vaciló, cogió su vaso y fue a sentarse al lado del joven. Aunque embriagado, hablaba con soltura y vivacidad. Sólo de vez en cuando se le trababa la lengua y decÃa cosas incoherentes. Al verle arrojarse tan ávidamente sobre Raskolnikof, cualquiera habrÃa dicho que también él llevaba un mes sin desplegar los labios.
‑Señor ‑siguió diciendo en tono solemne‑, la pobreza no es un vicio: esto es una verdad incuestionable. Pero también es cierto que la embriaguez no es una virtud, cosa que lamento. Ahora bien, señor; la miseria sà que es un vicio. En la pobreza, uno conserva la nobleza de sus sentimientos innatos; en la indigencia, nadie puede conservar nada noble. Con el indigente no se emplea el bastón, sino la escoba, pues asà se le humilla más, para arrojarlo de la sociedad humana. Y esto es justo, porque el indigente se ultraja a sà mismo. He aquà el origen de la embriaguez, señor. El mes pasado, el señor Lebeziatnikof golpeó a mi mujer, y mi mujer, señor, no es como yo en modo alguno. ¿Comprende? PermÃtame hacerle una pregunta. Simple curiosidad. ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva, en una barca de heno?
‑No, nunca me he visto en un trance asà ‑repuso Raskolnikof.
‑Pues bien, yo sà que me he visto. Ya llevo cinco noches durmiendo en el Neva.