Crimen y Castigo
Crimen y Castigo »Y los niños, hambrientos…
»Catalina Ivanovna va y viene por la habitación, retorciéndose las manos, las mejillas teñidas de manchas rojas, como es propio de la enfermedad que padece. Exclama:
»‑En esta casa comes, bebes, estás bien abrigado, y lo único que haces es holgazanear.
»Y yo le pregunto: ¿qué podÃa beber ni comer, cuando incluso los niños llevaban más de tres dÃas sin probar bocado? En aquel momento, yo estaba acostado y, no me importa decirlo, borracho. Pude oÃr una de las respuestas que mi hija (tÃmida, voz dulce, rubia, delgada, pálida carita) daba a su madrastra.
»‑Yo no puedo hacer eso, Catalina Ivanovna.
»Ha de saber que DarÃa Frantzevna, una mala mujer a la que la policÃa conoce perfectamente, habÃa venido tres veces a hacerle proposiciones por medio de la dueña de la casa.
»‑Yo no puedo hacer eso ‑repitió, remedándola, Catalina Ivanovna‑. ¡Vaya un tesoro para que lo guardes con tanto cuidado!