Crimen y Castigo
Crimen y Castigo »‑Bien, Marmeladof ‑me dijo‑. Has defraudado una vez las esperanzas que habÃa depositado en ti. Voy a tomarte de nuevo bajo mi protección.
ȃstas fueron sus palabras.
»‑Procura no olvidarlo ‑añadió‑. Puedes retirarte.
»Yo besé el polvo de sus botas… , pero sólo mentalmente, pues él, alto funcionario y hombre imbuido de ideas modernas y esclarecidas, no me habrÃa permitido que se las besara de verdad. Volvà a casa, y no puedo describirle el efecto que produjo mi noticia de que iba a volver al servicio activo y a cobrar un sueldo.
Marmeladof hizo una nueva pausa, profundamente conmovido. En ese momento invadió la taberna un grupo de bebedores en los que ya habÃa hecho efecto la bebida. En la puerta del establecimiento resonaron las notas de un organillo, y una voz de niño, frágil y trémula, entonó la Petite Ferme. La sala se llenó de ruidos. El tabernero y los dos muchachos acudieron presurosos a servir a los recién llegados. Marmeladof continuó su relato sin prestarles atención. ParecÃa muy débil, pero, a medida que crecÃa su embriaguez, se iba mostrando más expansivo. El recuerdo de su último éxito, el nuevo empleo que habÃa conseguido, le habÃa reanimado y daba a su semblante una especie de resplandor. Raskolnikof le escuchaba atentamente.