Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Qué será de estas criaturas? ‑le interrumpió ella, con un gesto de desesperación, mostrándole a sus hijos.
‑Dios es misericordioso. ConfÃe usted en la ayuda del AltÃsimo.
‑¡SÃ, sÃ! Misericordioso, pero no para nosotros.
‑Es un pecado hablar asÃ, señora, un gran pecado ‑dijo el pope sacudiendo la cabeza.
‑¿Y esto no es un pecado? ‑exclamó Catalina Ivanovna, señalando al agonizante.
‑Acaso los que involuntariamente han causado su muerte ofrezcan a usted una indemnización, para reparar, cuando menos, los perjuicios materiales que le han ocasionado al privarla de su sostén.
‑¡No me comprende usted! ‑exclamó Catalina Ivanovna con una mezcla de irritación y desaliento‑. ¿Por qué me han de indemnizar? Ha sido él el que, en su inconsciencia de borracho, se ha arrojado bajo las patas de los caballos. Por otra parte, ¿de qué sostén habla usted? Él no era un sostén para nosotros, sino una tortura. Se lo bebÃa todo. Se llevaba el dinero de la casa para malgastarlo en la taberna. Se bebÃa nuestra sangre. Su muerte ha sido para nosotros una ventura, una economÃa.
‑Hay que perdonar al que muere. Esos sentimientos son un pecado, señora, un gran pecado.