Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Se dejó caer en un asiento, agotado, sin mirar a nadie, como si, en la profundidad de su delirio, se hubiera olvidado de todo lo que le rodeaba.
Sus palabras habían producido cierta impresión. Hubo unos instantes de silencio. Pero pronto estallaron las risas y las invectivas.
‑¿Habéis oído?
‑¡Viejo chocho!
‑¡Burócrata!
Y otras cosas parecidas.
‑¡Vámonos, señor! ‑exclamó de súbito Marmeladof, levantando la cabeza y dirigiéndose a Raskolnikof‑. Lléveme a mi casa… El edificio Kozel… Déjeme en el patio… Ya es hora de que vuelva al lado de Catalina Ivanovna.
Hacía un rato que Raskolnikof había pensado marcharse, otorgando a Marmeladof su compañía y su sostén. Marmeladof tenía las piernas menos firmes que la voz y se apoyaba pesadamente en el joven. Tenían que recorrer de doscientos a trescientos pasos. La turbación y el temor del alcohólico iban en aumento a medida que se acercaban a la casa.