Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Sin embargo, tú no has sido comprensiva ‑dijo amargamente Pulqueria Alejandrovna‑. Hace un momento os observaba a los dos. Os parecéis como dos gotas de agua, y no tanto en lo fÃsico como en lo moral. Los dos sois severos e irascibles, pero también arrogantes y nobles. Porque él no es egoÃsta, ¿verdad, Dunetchka… ? Cuando pienso en lo que puede ocurrir esta noche en casa, se me hiela el corazón.
‑No te preocupes, mamá: sólo sucederá lo que haya de suceder.
‑Piensa en nuestra situación, Dunetchka. ¿Qué ocurrirá si Piotr Petrovitch renuncia a ese matrimonio? ‑preguntó indiscretamente.
‑Sólo un hombre despreciable puede ser capaz de semejante acción ‑repuso Dunetchka con gesto brusco y desdeñoso.
Pulqueria Alejandrovna siguió hablando con su acostumbrada volubilidad.
‑Hemos hecho bien en marcharnos. Rodia tenÃa que acudir urgentemente a una cita de negocios. Le hará bien dar un paseo, respirar el aire libre. En su habitación hay una atmósfera asfixiante. Pero ¿es posible encontrar aire respirable en esta ciudad? Las calles son como habitaciones sin ventana. ¡Qué ciudad, Dios mÃo! ¡Cuidado no te atropellen… ! Mira, transportan un piano… Aquà la gente anda empujándose… Esa muchacha me inquieta.