Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Raskolnikof se reía de tal modo, que parecía no poder cesar de reír. La hilaridad le duraba todavía cuando llegaron a casa de Porfirio Petrovitch. Esto era lo que él quería. Así, desde el despacho le oyeron entrar en la casa riendo, y siguieron oyendo estas risas cuando los dos amigos llegaron a la antesala.
‑¡Ojo con decir aquí una sola palabra, porque te hago papilla! ‑dijo Rasumikhine fuera de sí y atenazando con su mano el hombro de su amigo.