Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑A lo mejor, es que me he encontrado un tesoro. Esto justificarÃa mi generosidad. Ahà tienes al señor Zamiotof, que cree que, en efecto, me lo he encontrado…
Y añadió, dirigiéndose a Porfirio Petrovitch, con los labios temblorosos:
‑Perdone que le hayamos molestado durante media hora con una charla tan inútil. Está usted abrumado, ¿verdad?
‑¡Qué disparate! Todo lo contrario. Usted no sabe hasta qué extremo me interesa su compañÃa. Me encanta verle y oÃrle… Celebro de veras, puede usted creerme, que al fin se haya decidido a venir.
‑Danos un poco de té ‑dijo Rasumikhine‑. Tengo la garganta seca.
‑Buena idea. Tal vez a estos señores les venga el té tan bien como a ti… ¿No quieres nada sólido antes?
‑¡Hala! No te entretengas.
Porfirio Petrovitch fue a encargar el té.
La mente de Raskolnikof era un hervidero de ideas. El joven estaba furioso.