Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Entonces, ¿usted cree en la Nueva Jerusalén?
‑Sà ‑respondió firmemente Raskolnikof.
Y pronunció estas palabras con la mirada fija en el suelo, de donde no la habÃa apartado durante su largo discurso.
‑¿Y en Dios? ¿Cree usted… ? Perdone si le parezco indiscreto.
‑SÃ, creo ‑repuso Raskolnikof levantando los ojos y fijándolos en Porfirio.
‑¿Y en la resurrección de Lázaro?
‑Pues… sÃ. Pero ¿por qué me hace usted estas preguntas?
‑¿Cree usted sin reservas?
‑Sin reservas.
‑Bien, bien… La cosa no tiene ninguna importancia. Simple curiosidad… Ahora, y perdone, permÃtame que vuelva a nuestro asunto. No siempre se ejecuta a esos criminales. Por el contrario, algunos…
‑Conservan su vida, triunfantes. SÃ, esto les sucede a algunos, y entonces…
‑Son ellos los que ejecutan.
‑Siempre que sea necesario, que es el caso más frecuente. Desde luego, su observación es muy sutil.