Crimen y Castigo
Crimen y Castigo
No lo creo, no puedo creerlo ‑repetÃa Rasumikhine, rechazando con todas sus fuerzas las afirmaciones de Raskolnikof.
Se dirigÃan a la pensión Bakaleev, donde Pulqueria Alejandrovna y Dunia los esperaban desde hacÃa largo rato. Rasumikhine se detenÃa a cada momento, en el calor de la disputa. Una profunda agitación le dominaba, aunque sólo fuera por el hecho de que era la primera vez que hablaban francamente de aquel asunto.
‑Tú no puedes creerlo ‑repuso Raskolnikof con una sonrisa frÃa y desdeñosa‑; pero yo estaba atento al significado de cada una de sus palabras, mientras tú, siguiendo tu costumbre, no te fijabas en nada.
‑Tú has prestado tanta atención porque eres un hombre desconfiado. Sin embargo, reconozco que Porfirio hablaba en un tono extraño. Y, sobre todo, ese ladino de Zamiotof… Tiene razón: habÃa en él algo raro… Pero ¿por qué, Señor, por qué?
‑Habrá reflexionado durante la noche.
‑No; es todo lo contrario de lo que supones. Si les hubiera asaltado esa idea estúpida, lo habrÃan disimulado por todos los medios, habrÃan procurado ocultar sus intenciones, a fin de poder atraparte después con más seguridad. Intentar hacerlo ahora habrÃa sido una torpeza y una insolencia.
