Crimen y Castigo
Crimen y Castigo El hombre encorvado entró por la puerta principal de un gran edificio. Raskolnikof se acercó a él y le miró con la esperanza de que se volviera y le llamase. En efecto, cuando el desconocido estuvo en el patio, se volvió y pareció indicarle que se acercara. Raskolnikof se apresuró a franquear el portal, pero cuando llegó al patio ya no vio a nadie. Por lo tanto, el hombre de la hopalanda había tomado la primera escalera. Raskolnikof corrió tras él. Efectivamente, se oían pasos lentos y regulares a la altura del segundo piso. Aquella escalera ‑cosa extraña‑ no era desconocida para Raskolnikof. Allí estaba la ventana del rellano del primer piso. Un rayo de luna misteriosa y triste se filtraba por los cristales. Y llegó al segundo piso.
«¡Pero si es aquí donde trabajaban los pintores!»
¿Cómo no habría reconocido antes la casa… ? El ruido de los pasos del hombre que le precedía se extinguió.
«Por lo tanto, se ha detenido. Tal vez se haya ocultado en alguna parte… He aquí el tercer piso. ¿Debo seguir subiendo o no? ¡Qué silencio… !»
El ruido de sus propios pasos le daba miedo.
«¡Señor, qué oscuridad! El desconocido debe de estar oculto por aquí, en algún rincón… ¡Toma! La puerta que da al rellano está abierta de par en par.»