Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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‑Perdone usted ‑dijo Lujine, temblando de cólera‑, pero si en mi carta he hablado extensamente de usted ha sido únicamente atendiendo a los deseos de su madre y de su hermana, que me rogaron que las informara de cómo le había encontrado a usted y del efecto que me había producido. Por otra parte, le desafío a que me señale una sola línea falsa en el pasaje al que usted alude. ¿Negará que ha gastado su dinero y que en esa familia hay un miembro indigno?

‑A mi juicio, usted, con todas sus cualidades, vale menos que el dedo meñique de esa desgraciada muchacha a la que ha arrojado usted la piedra.

‑¿De modo que no vacilaría usted en introducirla en la sociedad de su hermana y de su madre?

‑Ya lo he hecho. Hoy la he invitado a sentarse junto a ellas.

‑¡Rodia! ‑exclamó Pulqueria Alejandrovna.

Dunetchka enrojeció, Rasumikhine frunció el entrecejo, Lujine sonrió altiva y despectivamente.

‑Ya ve usted, Avdotia Romanovna, que es imposible toda reconciliación. Creo que podemos dar el asunto por terminado y no volver a hablar de él. En fin, me retiro para no seguir inmiscuyéndome en esta reunión de familia. Sin duda, tendrán ustedes secretos que comunicarse.

Se levantó y cogió su sombrero.


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