Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Y fue a acodarse en la ventana. Pronto volvió a su lado y añadió:

‑Oye, hace poco he dicho a un insolente que valía menos que tu dedo meñique y que te había invitado a sentarte al lado de mi madre y de mi hermana.

‑¿Eso ha dicho? ‑exclamó Sonia, aterrada‑. ¿Y delante de ellas? ¡Sentarme a su lado! Pero si yo soy… una mujer sin honra. ¿Cómo se le ha ocurrido decir eso?

‑Al hablar así, yo no pensaba en tu deshonra ni en tus faltas, sino en tu horrible martirio. Sin duda ‑continuó ardientemente‑, eres una gran pecadora, sobre todo por haberte inmolado inútilmente. Ciertamente, eres muy desgraciada. ¡Vivir en el cieno y saber (porque tú lo sabes: basta mirarte para comprenderlo) que no te sirve para nada, que no puedes salvar a nadie con tu sacrificio… ! Y ahora dime ‑añadió, iracundo‑: ¿Cómo es posible que tanta ignominia, tanta bajeza, se compaginen en ti con otros sentimientos tan opuestos, tan sagrados? Sería preferible arrojarse al agua de cabeza y terminar de una vez.

‑Pero ¿y ellos? ¿Qué sería de ellos? ‑preguntó Sonia levantando la cabeza, con voz desfallecida y dirigiendo a Raskolnikof una mirada impregnada de dolor, pero sin mostrar sorpresa alguna ante el terrible consejo.


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