Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Echando por la calle de en medio, se levantó y cogió su gorra.
‑Porfirio Petrovitch ‑dijo en un tono resuelto que dejaba traslucir una viva irritación‑. Usted manifestó ayer el deseo de someterme a interrogatorio -subrayó con energÃa esta palabra‑, y he venido a ponerme a su disposición. Si tiene usted que hacerme alguna pregunta, hágamela. En caso contrario, permÃtame que me retire. No puedo perder el tiempo; tengo cierto compromiso; me esperan para asistir al entierro de ese funcionario que murió atropellado por un coche y del cual ya ha oÃdo usted hablar.
Inmediatamente se arrepintió de haber dicho esto último. Después continuó, con una irritación creciente:
‑Ya estoy harto de todo esto, ¿sabe usted? Hace mucho tiempo que estoy harto… Ha sido una de las causas de mi enfermedad… En una palabra ‑añadió, levantando la voz al considerar que esta frase sobre su enfermedad no venÃa a cuento‑, en una palabra: haga usted el favor de interrogarme o permÃtame que me vaya inmediatamente… Pero si me interroga, habrá de hacerlo con arreglo a las normas legales y de ningún otro modo… Y como veo que no decide usted nada, adiós. Por el momento, usted y yo no tenemos nada que decirnos.