Crimen y Castigo
Crimen y Castigo »Otro dÃa, dejándose llevar de su espÃritu burlón, trata de divertirse a costa de alguien que sospecha de él. Finge palidecer de espanto, pero he aquà que representa su papel con demasiada propiedad, que su palidez es demasiado natural, y esto será otro indicio. Por el momento, su interlocutor podrá dejarse engañar, pero, si no es un tonto, al dÃa siguiente cambiará de opinión. Y el imprudente cometerá error tras error. Se meterá donde no le llaman para decir las cosas más comprometedoras, para exponer alegorÃas cuyo verdadero sentido nadie dejará de comprender. Incluso llegará a preguntar por qué no lo han detenido todavÃa. ¡Je, je, je… ! Y esto puede ocurrir al hombre más sagaz, a un psicólogo, a un literato. La naturaleza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta dirigir la vista a él. Pero ¿qué le sucede, Rodion Romanovitch? ¿Le ahoga esta atmósfera tal vez? ¿Quiere que abra la ventana?
‑No se preocupe ‑exclamó Raskolnikof, echándose de pronto a reÃr‑. Le ruego que no se moleste.
Porfirio se detuvo ante él, estuvo un momento mirándole y luego se echó a reÃr también. Entonces Raskolnikof, cuya risa convulsiva se habÃa calmado, se puso en pie.