Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pero oiga usted, óigame, amigo mÃo: si sé todo esto es sólo por usted. Usted no se da cuenta de que, cuando está nervioso, lo cuenta todo, lo mismo a mà que a los demás. Rasumikhine me ha contado también muchas cosas interesantes… Cuando usted me ha interrumpido, iba a decirle que, a pesar de su inteligencia, su desconfianza le impide ver las cosas como son… Le voy a poner un ejemplo, volviendo a nuestro asunto. Lo del cordón de la campanilla es un detalle de valor extraordinario para un juez que está instruyendo un sumario. Y usted se lo refiere a este juez con toda franqueza, sin reserva alguna. ¿No deduce usted nada de esto? Si yo le creyera culpable, ¿habrÃa procedido como lo he hecho? Por el contrario, habrÃa procurado ahuyentar su desconfianza, no dejarle entrever que estaba al corriente de este detalle, para arrojarle al rostro, de súbito, la pregunta siguiente: «¿Qué hacia usted, entre diez y once, en las habitaciones de las vÃctimas? ¿Y por qué tiró del cordón de la campanilla y habló de las manchas de sangre? ¿Y por qué dijo a los porteros que le llevaran a la comisarÃa?» He aquà cómo habrÃa procedido yo si hubiera abrigado la menor sospecha contra usted: le habrÃa sometido a un interrogatorio en toda regla. Y habrÃa dispuesto que se efectuara un registro en la habitación que tiene alquilada, y habrÃa ordenado que le detuvieran… El hecho de que haya obrado de otro modo es buena prueba de que no sospecho de usted. Pero usted ha perdido el sentido de la realidad, lo repito, y es incapaz de ver nada.