Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Lebeziatnikof habrÃa seguido hablando de cosas parecidas y en el mismo tono si Sonia, que le escuchaba anhelante, no hubiera cogido de pronto su sombrero y su chal y echado a correr. Raskolnikof y Lebeziatnikof salieron tras ella.
‑No cabe duda de que se ha vuelto loca ‑dijo Andrés Simonovitch a Raskolnikof cuando estuvieron en la calle‑. Si no lo he asegurado ha sido tan sólo para no inquietar demasiado a Sonia Simonovna. Desde luego, su locura es evidente. Dicen que a los tÃsicos se les forman tubérculos en el cerebro. Lamento no saber medicina. Yo he intentado explicar el asunto a la enfermera, pero ella no ha querido escucharme.
‑¿Le ha hablado usted de tubérculos?
‑No, no; si le hubiera hablado de tubérculos, ella no me habrÃa comprendido. Lo que quiero decir es que, si uno consigue convencer a otro, por medio de la lógica, de que no tiene motivos para llorar, no llorará. Esto es indudable. ¿Acaso usted no opina asÃ?
‑Yo creo que si tuviera usted razón, la vida serÃa demasiado fácil.