Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pero ¿qué le pasa a usted, Rodion Romanovitch? Cualquiera dirÃa que no está usted en su juicio. Usted escucha y mira con la expresión del hombre que no comprende nada. Hay que animarse. Tenemos que hablar, a pesar de que estoy muy ocupado tanto por asuntos propios como por ajenos… Oiga, Rodion Romanovitch ‑le dijo de pronto‑, todos los hombres necesitamos aire, aire libre… Esto es indispensable.
Se apartó para dejar paso a un sacerdote y a un sacristán que venÃan a celebrar el oficio de difuntos. Svidrigailof lo habÃa arreglado todo para que esta ceremonia se repitiese dos veces cada dÃa a las mismas horas. Se marchó. Raskolnikof estuvo un momento reflexionando. Después siguió al sacerdote hasta el aposento de Sonia.
Se detuvo en el umbral. Comenzó el oficio, triste, grave, solemne. Las ceremonias fúnebres le inspiraban desde la infancia un sentimiento de terror mÃstico. HacÃa mucho tiempo que no habÃa asistido a una misa de difuntos. La ceremonia que estaba presenciando era para él especialmente conmovedora e impresionante. Miró a los niños. Los tres estaban arrodillados junto al ataúd. Poletchka lloraba. Tras ella, Sonia rezaba, procurando ocultar sus lágrimas.
«En todos estos dÃas ‑se dijo Raskolnikof‑ no me ha dirigido ni una palabra ni una mirada.»