Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Aquà todo el mundo peca de lo mismo ‑replicó Svidrigailof echándose a reÃr‑. Ni siquiera cuando se cree en un milagro hay nadie que se atreva a confesarlo. Incluso usted mismo ha dicho que se trata «tal vez» de un azar. ¡Qué poco valor tiene aquà la gente para mantener sus opiniones! No se lo puede usted imaginar, Rodion Romanovitch. No digo esto por usted, que tiene una opinión personal y la sostiene con toda franqueza. Por eso mismo me ha llamado la atención lo que ha dicho.
‑¿Por eso sólo?
‑Es más que suficiente.
Svidrigailof estaba visiblemente excitado, aunque no en extremo, pues sólo habÃa bebido medio vaso de champán.
‑Me parece que cuando usted vino a mi casa ‑observó Raskolnikof‑ no sabÃa aún que yo tenÃa eso que usted llama una opinión personal.
‑Entonces nos preocupaban otras cosas. Cada cual tiene sus asuntos. En lo que concierne al milagro, debo decirle que parece haber pasado usted durmiendo estos dÃas. Yo le di la dirección de esta casa. El hecho de que usted haya venido no tiene, pues, nada de extraordinario. Yo mismo le indiqué el camino que debÃa seguir y las horas en que podrÃa encontrarme aquÃ. ¿No recuerda usted?