Diario de un escritor

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y sin piedad me vertían en la boca

su abominable vodka…[33]

Cuando crezca, se lo quitarán de encima cuanto antes, enviándolo a alguna fábrica, pero estará obligado a entregar todo lo que gane a esos holgazanes, que volverán a gastárselo en bebida. Pero ya antes de llegar a la fábrica esos niños se han convertido en auténticos delincuentes. Vagan por la ciudad y conocen lugares, en todos esos sótanos, en los que pueden deslizarse y pasar la noche sin que nadie repare en su presencia. Uno de ellos pasó varias noches seguidas en el cesto de una portería sin que el portero se diera cuenta. Ni que decir tiene que acaban convirtiéndose en ladronzuelos. El robo se convierte en una pasión incluso en niños de ocho años, a veces sin que se den la menor cuenta de que están cometiendo un acto delictivo. Al final acaban soportándolo todo —el hambre, el frío, los golpes— con tal de seguir gozando de libertad, y no tardan en huir de los holgazanes para llevar una vida vagabunda por su cuenta y riesgo. Esas criaturas salvajes a veces no saben nada, ni dónde viven, ni cuál es su patria; ni conocen la existencia de Dios o del soberano. Se cuentan de ellos tales cosas que cuesta creerlas, y sin embargo son hechos contrastados.


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