Diario de un escritor
Diario de un escritor ¿Falsa en qué sentido? En primer lugar, tenemos a una niña, a una criatura, que ha sido «torturada y martirizada» y a la que los jueces quieren proteger; un propósito en principio loable, pero ¿qué es lo que ha sucedido? Que han estado a punto de hacerla desgraciada para el resto de sus días, si es que no lo han hecho. En efecto, ¿qué habría pasado si hubieran condenado a su padre? El fiscal presentó las cosas de tal modo que, en caso de que el jurado hubiera emitido un veredicto de culpabilidad, el padre podría haber acabado en Siberia. Uno se pregunta qué sentimiento habría quedado en el alma de la niña, que apenas tiene todavía uso de razón, durante toda su vida, aun en caso de que hubiera sido rica y «feliz». ¿No se habría hecho responsable el propio tribunal —una institución creada, como todo el mundo sabe, para salvaguardar la santidad de la familia— de haber destruido un hogar? Examinemos ahora otra cuestión: la niña tiene siete años: ¿qué impresión puede recibir a esa edad? Al padre lo han liberado y no lo han deportado, y eso está bien (aunque, en mi opinión, el público no debió aplaudir el veredicto del jurado, algo que, por lo visto, sucedió); pero, en cualquier caso, la niña tuvo que comparecer, la llevaron ante el tribunal; lo vio todo, lo oyó todo, y ella misma admitió: «Je suis voleuse, menteuse»[40]. Hombres adultos, serios e incluso bondadosos revelaron en voz alta, y delante de todo el público, los vicios secretos de la niña (¡de una niña de siete años!). ¡Qué monstruosidad! Mais il en reste toujours quelque chose[41], para toda la vida, ¿es que no lo comprendéis? Y no sólo quedará grabado en su alma, sino que es posible que también influya en su destino. En ese tribunal ha sufrido el contacto de algo sucio y repugnante, y su huella no se borrará nunca. Quién sabe, tal vez dentro de veinte años alguien le dirá: «Siendo todavía una niña, compareciste ante un tribunal penal». En cualquier caso, me doy cuenta una vez más de que no soy abogado y de que no sé expresar esas ideas, así que será mejor que recurra sin más al discurso del abogado defensor, en el que todas esas premisas falsas resaltan con claridad meridiana. De la defensa del acusado se encargó el señor Spasóvich, un hombre de talento. Siempre que se habla del señor Spasóvich, todo el mundo dice: «Es un hombre de talento». Celebro mucho esa opinión. Me gustaría señalar que el señor Spasóvich fue designado defensor de oficio y que, por tanto, es probable que asumiera la defensa en contra de su voluntad… No obstante, también en esta cuestión carezco de competencia, así que será mejor que me calle. En cualquier caso, antes de analizar el notable alegato que nos ocupa, me gustaría decir unas palabras sobre los abogados en general y sobre los abogados de talento en particular, comunicar al lector algunas de mis impresiones y perplejidades; puede que parezcan muy poco serias a las personas competentes, pero escribo mi Diario para mí, y esas ideas han arraigado profundamente en mi corazón. Debo admitir que en realidad no se trata de ideas, sino más bien de sentimientos…