Diario de un escritor

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En Rusia hablar con los demás se ha convertido en una ciencia; a primera vista se diría que es como en China: tanto allí como aquí hay varios procedimientos muy simples y puramente técnicos. Antaño, por ejemplo, las palabras «no entiendo nada» significaban únicamente que la persona que las pronunciaba era tonta; ahora representan un gran honor. Basta declarar con franqueza y orgullo: «No entiendo la religión, no entiendo nada en Rusia, no entiendo absolutamente nada de arte», para que al momento os pongan por las nubes, algo especialmente ventajoso si de verdad no entendéis nada.

Pero ese procedimiento simplificado no prueba nada. En el fondo, cada uno de nosotros, sin pararse mucho a reflexionar, sospecha que los demás son tontos, y ni siquiera se pregunta: «¿No seré yo el tonto?». Es una situación que debería dejar satisfecho a todo el mundo y, sin embargo, nadie está satisfecho, todos están enfadados. En realidad, la reflexión se ha vuelto casi imposible en nuestra época: cuesta demasiado. Cierto que pueden comprarse ideas prefabricadas. Se venden por doquier, incluso se dan de balde; pero las de balde acaban saliendo más caras, y la gente empieza a darse cuenta. Resultado: ningún beneficio y el mismo desorden de siempre.



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