Diario de un escritor
Diario de un escritor Hace exactamente dos meses, en el número de octubre de mi Diario, dediqué algunas consideraciones a una desdichada delincuente, Yekaterina Prokófeva Kornílova, esa joven madrastra que en el mes de mayo, en un ataque de cólera contra su marido, arrojó por la ventana a su hijastra de seis años. El caso alcanzó especial notoriedad por el hecho de que la pequeña, que había caído desde un cuarto piso, no sufrió lesiones ni daños y en la actualidad se encuentra viva y goza de buena salud. No voy a recordar en detalle mi artículo de octubre, que tal vez los lectores todavía no han olvidado. Sólo quiero mencionar el objeto de ese artículo: de pronto me había parecido que ese asunto era absolutamente extraordinario y había llegado a la conclusión de que no se podía examinar con una sencillez excesiva. La desdichada delincuente estaba embarazada, soliviantada por los reproches de su marido, sufría. La causa del delito no había sido el deseo de vengarse de las recriminaciones y ofensas de su marido, sino un «impulso achacable a su estado». En mi opinión, había pasado varios días o incluso semanas en ese estado particular, muy poco estudiado pero incuestionable, de ciertas mujeres embarazadas, cuya personalidad sufre cambios extraños y está sometida a inexplicables sugestiones e influencias, una especie de locura sin locura que a veces puede llevar a cometer tremendas monstruosidades. Ponía el ejemplo, que conocí en la infancia, de una señora de Moscú que, en un determinado periodo de su embarazo, sucumbía a un extraño deseo y se entregaba a una extraña pasión: el robo. Sin embargo, la señora en cuestión se desplazaba en coche y no tenía ninguna necesidad de los objetos que sustraía, lo que no impedía que robara conscientemente y dándose perfecta cuenta de lo que hacía. Era plenamente consciente de sus actos, pero no podía resistirse a esa singular tentación. Eso es lo que escribí hace dos meses, y debo confesar que mis palabras respondían a un propósito remoto y desprovisto de esperanza: ayudar de alguna manera a esa desdichada y aliviar un tanto su suerte, a pesar de la terrible sentencia que ya se había pronunciado contra ella. En mi artículo no pude contenerme y declaré que —ya que nuestros jurados se decantan con tanta frecuencia por veredictos absolutorios, sobre todo tratándose de mujeres, a pesar de su confesión completa y de las pruebas irrefutables del crimen, determinadas sin sombra de sospecha por el tribunal—, en mi opinión, se podría haber absuelto a Kornílova. (Justo unos días después de que se dictara sentencia contra esa infeliz embarazada llamada Kornílova, a la que se condenó a trabajos forzados y a pasar el resto de su vida en Siberia, se absolvió de todos sus cargos a una extrañísima criminal y asesina llamada Kirílova.) Por lo demás, transcribiré lo que escribí entonces: