Diario de un escritor

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No puedo meterme aquí a hacer crítica literaria, así que me limitaré a decir unas pocas palabras. En Anna Karénina se examinan los conceptos de la culpa y de la transgresión humanas. Los personajes se nos muestran bajo condiciones anormales. El mal existe antes que ellos. Atrapados en un torbellino de mentiras, los hombres transgreden las normas y se pierden irremisiblemente. Como puede verse, se trata de uno de los temas más viejos y más dilectos de Europa. Pero ¿cómo resuelve Europa esa cuestión? Por lo general, la resuelve de dos maneras. Primera solución: la ley es promulgada, sancionada, formulada y establecida en el curso de milenios. El mal y el bien han sido definidos, sopesados; sus dimensiones y sus grados han sido determinados a lo largo de la historia por los sabios de la humanidad, mediante un trabajo incesante sobre el alma humana y una indagación, en alto grado científica, sobre el alcance de las fuerzas unificadoras de la sociedad humana. A ese código así elaborado se exige una observancia ciega. Quien no lo acata, quien lo transgrede, lo paga con su libertad, con su hacienda, con su vida; lo paga de un modo literal e inhumano. «Ya sé —confiesa esa civilización— que es una actitud ciega, cruel e imposible, ya que no hay modo de elaborar una fórmula definitiva para la humanidad cuando se encuentra a mitad de su camino, pero, como no hay otra salida, conviene atenerse a lo que está escrito, y de un modo literal e inhumano; de otro modo, las cosas irán aún peor. Al mismo tiempo, a pesar de lo anormal y absurdo de la estructura a la que damos el nombre de gran civilización europea, debemos procurar que las facultades del espíritu humano se preserven sanas e intactas, que la sociedad no pierda la fe de que se encamina a la perfección, que no se atreva a pensar que se ha eclipsado el ideal de lo bello y lo sublime, que los conceptos de bien y mal se han pervertido y desfigurado, que las convenciones han acabado ocupando el lugar de la norma razonable, que la sencillez y la naturalidad se están perdiendo, aplastadas por una acumulación constante de mentiras.» La segunda solución proclama lo contrario: «Dado que la sociedad adolece de una construcción anormal, no puede pedirse a los seres humanos que sean responsables de las consecuencias de sus actos. En definitiva, el criminal está exento de toda responsabilidad y el crimen, por el momento, no existe. Para acabar con los crímenes y la culpabilidad humana, hay que poner fin a la anormalidad que aqueja a la sociedad y a su estructura. Dado que enderezar el estado de cosas existente supone un proceso largo y desesperado, y que además no se han encontrado los remedios adecuados, conviene destruir toda la sociedad y barrer el orden antiguo para, a continuación, levantarlo todo de nuevo, sobre la base de otros principios, aún desconocidos, pero que no pueden ser peores que los que informan el orden actual; al contrario, ofrecen muchas posibilidades de éxito. Nuestra principal esperanza descansa en la ciencia». He ahí la segunda solución: esperar el hormiguero futuro y entre tanto anegar la tierra en sangre. El mundo de Europa occidental no ofrece otras soluciones al problema de la culpa y de la transgresión humanas.


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