Diario de un escritor

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He ahí un breve diálogo cómico, acaecido en Francia, entre un hombre de orden y otro de desorden. Pero ese portavoz del orden está encargado de mantener el orden; lo interpreta y lo defiende, tal es su función. En cambio, ¿qué podemos decir de Levin? ¿Es acaso un especialista en la materia? Todo el tiempo está temiendo que se conculque algún derecho. Y entre tanto el pueblo en su conjunto, compadeciéndose de los cristianos oprimidos, sabía de sobra que le asistía la razón y que no hacía nada que fuera contra la voluntad de su zar, con quien estaba de todo corazón. Sí, lo sabía. Y eso es lo que pensaban quienes equipaban a los voluntarios. Ninguno de ellos acariciaba, aunque fuera en secreto, la ridícula idea de que estaba actuando en contra de la voluntad del gobierno. Esperaba la palabra del zar con paciencia y gran esperanza, todos la presentían y no se han equivocado. En definitiva, la acusación de declaración de guerra carece de cualquier fundamento, se cae por su propio peso y no hay modo de sostenerla.

Pero Levin y el príncipe intentan exculpar al pueblo. Niegan categóricamente la participación del pueblo en el movimiento del año pasado y, en cambio, afirman con no menos rotundidad que el pueblo no entendió nada, que en realidad no podía entender nada, que todo había sido promovido de forma artificial por periodistas ávidos de suscriptores, que había sido fabricado deliberadamente por los Ragózov, etc.


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