Diario de un escritor

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Tampoco tendría que haberse preocupado por él el año pasado. ¿Es que no conoce al ruso, al soldado ruso? Hasta han aparecido reportajes en los que se afirma que a nuestro soldado se le visto más de una vez compartir su rancho con los prisioneros, alimentarlos, consolarlos, aunque en el fragor de la batalla pueda traspasar con su bayoneta al infame enemigo. Y creedme cuando os digo que ese soldado lo sabe todo del turco; sabe que si él hubiera caído en sus manos, ese mismo prisionero turco le habría cortado la cabeza para componer con ella, en unión de otras, una media luna, en cuyo centro destacaría una infamante estrella compuesta de otras partes del cuerpo. Todo eso lo sabe el soldado y, sin embargo, alimenta a los prisioneros turcos, extenuados por el combate. «También son hombres, aunque no sean cristianos.» El corresponsal de un diario inglés, al contemplar tales hechos, exclamó: «Éste es un ejército de caballeros». Y Levin debería saber mejor que otros que sin duda es un ejército de caballeros. Cuando los búlgaros, en algunas ciudades, preguntaron a su alteza el comandante en jefe[93] qué debían hacer con los bienes de los turcos huidos, éste les respondió: «Reunid esos bienes y conservadlos hasta que vuelvan; labrad sus campos y cosechadlos, reservándoos un tercio del grano como remuneración por vuestro trabajo». También esas palabras son dignas de un caballero; vuelvo a repetir que Levin no tendría por qué preocuparse del turco: ¿dónde está la venganza? ¿Dónde las represalias? Por encima de todo, Levin, que tan bien conoce la sociedad rusa, podría concluir que al turco lo salvará nuestro falaz europeísmo y el absurdo, artificial y simplista sentimentalismo tan frecuente en nuestros círculos cultivados. ¿Ha oído hablar Levin de esas señoras rusas que arrojan flores a los prisioneros turcos conducidos en vagones y les ofrecen tabaco caro y dulces? Se ha publicado que un turco, al volver a ponerse en marcha el tren, gargajeó ruidosamente y lanzó un enérgico escupitajo sobre ese grupo de humanitarias señoras rusas que agitaban sus pañuelos en señal de despedida. Desde luego, es difícil estar totalmente de acuerdo con la opinión de ese insensible turco, y Levin puede considerar que las atenciones que esas señoras prodigaban a los turcos no eran más que una muestra de sentimentalismo histérico y falso europeísmo liberal: «¡Mirad qué humanitarias somos, a qué grado ha llegado nuestro europeísmo y cómo sabemos manifestarlo!». Pero ¿acaso el propio Levin no predica y manifiesta el mismo simplismo, el mismo sentimentalismo europeo? Nuestros soldados matan turcos en la guerra, en combate leal, no para vengarse, sino simplemente porque no hay otra manera de arrebatarles sus infames armas. Y lo mismo sucedía el año pasado. Si no les quitaran las armas y, para no tener que matarlos, se retiraran, al momento volverían a cortarles los pechos a las mujeres y a sacarles los ojos a los niños. ¿Qué hacer entonces? ¿Dejar que sigan sacando ojos con tal de no matar a ningún turco? Pero eso supone una perversión de los conceptos; eso es caer en el sentimentalismo más estúpido y grosero; eso es de un simplismo desaforado; eso representa una perversión total de la naturaleza. Además, el soldado que está obligado a matar al turco arriesga su propia vida y se expone a sufrir torturas y tormentos. ¿Es que el pueblo ruso sólo se ha levantado en armas para vengarse y matar? ¿Y cuándo se ha visto que socorrer a personas que están siendo masacradas y exterminadas en distritos enteros, a mujeres violadas y a niños que no tienen a nadie en el mundo que los defienda; cuándo se ha visto que eso se considere una acción grosera, ridícula, casi inmoral, y que se atribuya a sed de venganza y de sangre? ¡Y semejante insensibilidad va de la mano del sentimentalismo! ¿Acaso el propio Levin no tiene un hijo pequeño al que quiere con toda su alma? ¿Es que no se convierte cada sesión de baño del pequeño en un acontecimiento en toda la casa? ¿Cómo no sangra su corazón cuando oye y lee esas noticias de matanzas masivas, de niños descalabrados que se arrastran junto a sus madres violadas, asesinadas, con los pechos cortados? Eso sucedió en una iglesia búlgara, donde se encontraron doscientos cadáveres en esas condiciones después de que la ciudad fuera saqueada. Levin lee todo eso y se queda meditabundo:


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