Diario de un escritor
Diario de un escritor «Pushkin es una manifestación extraordinaria y quizá única del espíritu ruso», dijo Gógol. A eso añadiría yo que también profética. Pues no cabe duda de que su aparición tiene para todos los rusos algo de incontestablemente profético. Pushkin aparece en el preciso momento en que empezábamos a tomar conciencia de nosotros mismos, un proceso vacilante y apenas incipiente en nuestra sociedad, a un siglo de distancia de las reformas de Pedro el Grande, y su aparición contribuyó en gran medida a iluminar nuestro oscuro camino con una luz nueva y guiadora. En ese sentido es Pushkin profético y revelador. Divido la obra de nuestro gran poeta en tres periodos. No estoy hablando ahora como crítico literario: si me refiero a la actividad creadora de Pushkin, lo hago únicamente para aclarar mi pensamiento sobre su significado profético, así como lo que quiero decir con esas palabras. No obstante, me gustaría señalar de pasada que, en mi opinión, no existen límites rigurosos entre los diferentes periodos de la actividad de Pushkin. El comienzo de Yevgueni Onieguin, por ejemplo, pertenece todavía, creo yo, al primer periodo de la actividad del poeta, pero la obra termina en el segundo, cuando Pushkin ha encontrado ya sus ideales en la tierra natal, y su alma afectuosa y perspicaz se ha embebido de ellos y los ha distinguido con su amor. Se suele decir también que en el primer periodo de su actividad Pushkin imita a poetas europeos, Parny, André Chénier y otros, en especial Byron. Sí, no cabe duda de que los poetas de Europa ejercieron una gran influencia en el desarrollo de su genio, y que esa influencia se prolongó durante toda su vida. No obstante, hasta los primeros poemas de Pushkin son mucho más que meras imitaciones, pues ya en ellos halla expresión la extraordinaria originalidad de su genio. Imposible encontrar en las imitaciones un sufrimiento tan personal y un conocimiento de sí mismo tan profundo como los que revela Pushkin, por ejemplo, en Los gitanos, un poema que atribuyo al primer periodo de su actividad literaria. Por no hablar ya de su fuerza creadora y de su ímpetu poético, que jamás habrían alcanzado tales cotas de no ser más que un imitador. En el personaje de Aleko, el héroe del poema Los gitanos, se perfila ya una idea poderosa, profunda y totalmente rusa, que más tarde se expresará con tan armónica plenitud en Yevgueni Onieguin, donde vemos casi al mismo Aleko, pero ya no a una luz fantástica, sino bajo una forma palpablemente real y comprensible. En el personaje de Aleko, Pushkin nos descubre y nos ofrece un retrato genial de ese desdichado vagabundo en su tierra natal, ese tipo histórico del ruso sufriente, cuya aparición era inevitable, desde un punto de vista histórico, en nuestra sociedad segregada del pueblo. Y es evidente que no lo descubrió sólo en Byron. Es un personaje genuino, trazado de manera impecable, un personaje constante, con una larga trayectoria en nuestra tierra. Esos vagabundos rusos sin hogar siguen deambulando por nuestro país todavía hoy y parece que tardarán mucho en desaparecer. Y aunque en nuestros días ya no frecuentan los campamentos gitanos buscando ideales universales en su modo de vida salvaje y peculiar ni se refugian en el seno de la naturaleza para escapar de la desatinada y absurda vida de las clases cultivadas rusas, se echan en brazos del socialismo, que aún no existía en tiempos de Aleko, se van con su nueva fe a otras tierras y trabajan con celo, firmemente persuadidos, como Aleko, de que, gracias a su peregrina actividad, alcanzarán sus objetivos y lograrán la felicidad no sólo para ellos mismos, sino para toda la humanidad. Pues, para poder encontrar la paz, el vagabundo ruso necesita a toda costa la felicidad universal: no se conformará con menos, siempre que no nos salgamos del ámbito de la teoría, naturalmente. Es el mismo hombre ruso, sólo que pertenece a una época distinta. Ese individuo, lo repito, surgió en nuestra sociedad educada, segregada del pueblo, de la fuerza del pueblo, justo a principios del segundo siglo después de las reformas de Pedro. Ah, la inmensa mayoría de los rusos instruidos, tanto en la época de Pushkin como en nuestros días, trabajaban y trabajan tranquilamente en la administración del Estado, en el departamento de Hacienda, en los ferrocarriles y en los bancos, o simplemente se ganaban la vida de diferentes maneras, o se ocupaban de las ciencias, dictaban conferencias, y todo eso de manera regular, perezosa y serena, cobrando su sueldo, jugando a los naipes, sin ninguna intención de huir a los campamentos gitanos o a cualquier otro lugar más propio de nuestra época. Todo lo más coquetean con un liberalismo «barnizado de socialismo europeo», al que se añade cierto carácter apacible de lo más ruso: un sello de la época, en cualquier caso. Poco importa que uno aún no haya empezado a preocuparse, mientras otro ya ha tenido tiempo de llegar a una puerta cerrada, contra la que se ha dado violentos cabezazos. Lo mismo les espera a todos a su debido tiempo, a menos que den con el camino salvador de la humilde comunión con el pueblo. Y poco importa que nos espere a todos el mismo destino: basta con los «elegidos», basta con una décima parte de los que han empezado a preocuparse para que la inmensa mayoría restante pierda para siempre el sosiego. Por supuesto, Aleko aún no sabe expresar su pena de un modo apropiado: en su caso, todo tiene aún cierto carácter abstracto; no siente más que nostalgia de la naturaleza, desprecio por la sociedad mundana, aspiraciones universales, dolor por una verdad que alguien perdió en algún lugar y que no consigue encontrar. Se percibe cierto eco de Jean-Jacques Rousseau. Naturalmente, ni él mismo podría decir en qué consiste esa verdad, dónde y en qué podría manifestarse y cuándo se perdió, pero su sufrimiento es sincero. Hombre fantaseador e impaciente, sigue buscando la salvación principalmente en circunstancias externas, y así debe ser: «La verdad —se dice— se encuentra en algún lugar fuera de mí, quizá en otro país, en Europa, por ejemplo, con su sólida estructura histórica y su consolidada vida social y ciudadana.» Y nunca comprenderá que la verdad se encuentra ante todo en su interior; en realidad, ¿cómo iba a comprenderlo? Es un extraño en su propio país; hace ya un siglo que perdió el hábito de trabajar, carece de cultura, ha crecido como un interno, entre cuatro paredes; se ha ocupado de tareas extrañas y arbitrarias relacionadas con una u otra de las catorce clases en que se divide la sociedad rusa instruida. Aún no es más que una brizna de hierba, arrancada de la tierra y arrastrada por el viento. Él se da cuenta y sufre, ¡a menudo de manera terrible! Así pues, ¿qué importa que un hombre como él, que quizá pertenezca a la nobleza hereditaria, y hasta es muy probable que posea siervos, se conceda el pequeño capricho, que le permite su posición privilegiada, de dejarse seducir por una gente que vive «fuera de la ley» y pase un tiempo en un campamento gitano conduciendo un oso amaestrado? Se comprende que una mujer, «una mujer salvaje», como un poeta la ha llamado, sea quien le ofrezca más esperanzas de aliviar su pena; por tanto, se entrega a Zemfira con despreocupación y apasionada fe: «Aquí está la salida que busco —se dice—. Aquí puedo encontrar mi felicidad, en el seno de la naturaleza, lejos del mundo, aquí, entre hombres que no conocen la civilización ni la ley». ¿Y qué es lo que sucede? Pues que al primer encontronazo con las costumbres de esa vida salvaje, no puede contenerse y empapa sus manos en sangre. El desdichado soñador no sólo no está hecho para la armonía universal, sino tampoco para vivir entre gitanos, así que acaban echándole: