El bufon, el burgues y otros ensayos

El bufon, el burgues y otros ensayos

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I. El bufón

YO CONTEMPLABA AL HOMBRE. En su aspecto había algo tan singular que con sólo mirarlo se sentía uno tentado de un deseo irresistible de reír, cosa que me ocurrió muchas veces. Otra circunstancia: los ojos minúsculos de aquel hombrecillo vibraban sin cesar en todos los sentidos y él mismo sentía hasta tal punto la influencia magnética de las miradas extrañas que parecía adivinar instantáneamente la atención que se había puesto en él. Se revolvía en seguida y examinaba con inquietud al importuno. Su perpetua movilidad le hacía parecer exactamente una veleta.

Cosa extraña: aparentaba temer las burlas, aunque a las burlas de que era objeto debiese sus más seguros medios de subsistencia, porque era el bufón de todo el mundo. Su ocupación principal era la de recibir papirotazos morales y hasta físicos, según la clase de gentes entre quienes se encontraba.

Los bufones voluntarios nunca excitan la piedad. Yo noté, sin embargo, que este hombre ridículo no era un payaso profesional, sino que, por el contrario, quedaba en él algo de elevado. Su aire de disgusto y el temor perpetuo y enfermizo que lo dominaba podían abogar en favor suyo.


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