El doble

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Así hablaba el señor Goliadkin, sentado en su sofá y tan horrorizado que no se atrevía a moverse. De pronto, sus ojos se detuvieron en un objeto que despertó en grado sumo su atención. Horrorizado –¿no sería una ilusión, un engaño de su imaginación ese objeto que despertaba su atención?–, tendió la mano hacia él, con esperanza, con timidez, con indecible curiosidad… ¡No, no era un engaño! ¡No era una ilusión! Era una carta, una auténtica carta, indudablemente una carta, y dirigida a él… El señor Goliadkin tomó la carta de la mesa. Su corazón palpitaba terriblemente. «Seguro que la ha traído este embustero –pensó– y la ha dejado aquí, y luego se ha olvidado; seguro que así ha ocurrido; seguro que ha sido así como ha ocurrido… Por lo demás, ¿cómo es posible que esta carta?… ¿Quién ha podido?… ¿Quién ha podido escribirme así una carta?… ¡Daría cualquier cosa por saber qué dice exactamente esta carta, por saberlo sin leerla!… ¡Señor, Señor!…» El señor Goliadkin dejó por un momento la carta, sacó un pañuelo y se enjugó el sudor de la frente; luego… luego se cruzó de brazos y estuvo un largo rato murmurando cosas para sus adentros con inusitado celo; luego, ya sin fuerzas para contener su impaciencia, rompió el sello, desplegó la hojita y leyó la firma. La carta era del empleado Vajraméiev, un joven compañero que alguna vez había tenido amistad con el señor Goliadkin. «Por lo demás, todo esto ya lo presentía –pensó nuestro héroe–, todo esto ayer sin falta lo presentía, y todo lo que ahora habrá en la carta también lo presentía… Y ¿qué? ¡Da igual! ¡Ya que estoy!… ¡Bueno!… Qué más da…» El señor Goliadkin se puso a leer. La carta decía lo siguiente:


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