El doble

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CAPÍTULO X OPINIÓN DEL SEÑOR GOLIADKIN ACERCA DE QUÉ ES JUGAR CON CARTA GANADORA Y SIN ELLA. UN HOMBRE PERVERSO OCUPA EL PUESTO DEL SEÑOR GOLIADKIN EN LA VIDA PRÁCTICA. DE CÓMO CONSIDERAN TODO ESTE ASUNTO DIVERSOS COCHEROS Y PETRUSHKA, QUE COMPARTE LA OPINIÓN DE ESTOS. EL SEÑOR GOLIADKIN SE DESPIERTA, ESCRIBE UNA CARTA Y MANCILLA UN POCO LA REPUTACIÓN DE GRISHKA OTRÉPIEV. EL SEÑOR GOLIADKIN EMPIEZA A INTRIGAR. AMANUENSES. DE CÓMO EL SEÑOR GOLIADKIN ACABÓ CON SUS INTRIGAS Y A QUÉ SE RESOLVIÓ FINALMENTE

En general puede decirse que los acontecimientos de la víspera habían conmocionado al señor Goliadkin hasta el fondo de su ser; lo más terrible de todo era la última palabra de sus enemigos. Por supuesto, esta última palabra aún no había sido dicha… Todo se hallaba envuelto en una tiniebla misteriosa y amenazante, pero era precisamente esa circunstancia –que todo se hallaba en tinieblas y era misterioso– la que carcomía al señor Goliadkin. «Si jugaran con franqueza –pensó en un momento de vigilia durante el sueño–, no les permitiría llevarse así el triunfo; entonces les mostraría lo que es jugar sin carta ganadora.» Lo que más atormentaba al señor Goliadkin era la carta de Vajraméiev. ¿Qué significaban todas esas alusiones? ¿Qué quería decir ese tono brusco y conminador hasta la extrañeza? Por supuesto, el señor Goliadkin ya lo había presentido… es decir, en realidad no, pero todo extrañamente se había dado y producido de tal modo que fue a parar en aquello y no en otra cosa; por lo tanto, el señor Goliadkin lo había presentido también. Nuestro héroe no pasó muy bien la noche, es decir, no pudo conciliar el sueño ni siquiera cinco minutos; era como si un bromista le hubiera echado cerdas de cepillo en la cama. Toda la noche la pasó como a medio camino entre el sueño y la vigilia, dando vueltas de un lado para otro, gimiendo y quejándose, durmiéndose por un momento y al momento otra vez despertándose, y todo acompañado de una extraña angustia, de recuerdos vagos, de visiones imprecisas, en una palabra, de todo lo desagradable que pueda imaginarse… A veces aparecía ante él, en una penumbra extraña y misteriosa, la figura de Andréi Filíppovich, una figura seca, una figura irritada, con mirada seca y cruel y un gesto de reprobación duro y cortés… Y, en cuanto el señor Goliadkin quería acercarse a Andréi Filíppovich para justificarse ante él de alguna manera u otra y demostrarle que él no era en absoluto como lo pintaban sus enemigos, que él era así y asá, y que tenía, además de sus cualidades normales e innatas, esto y lo otro… aparecía entonces un individuo conocido por sus modales indecentes y, del modo más indignante, desbarataba en el acto todas las intenciones del señor Goliadkin, y ahí mismo, casi ante sus propios ojos, mancillaba escrupulosamente su reputación, hundía en el barro su amor propio y enseguida ocupaba su puesto en el trabajo y en la sociedad. A veces le picaba la cabeza a raíz de algún pellizco bien ganado poco antes y humillantemente aceptado, recibido en sociedad o en cumplimiento de sus obligaciones, y contra el cual era difícil protestar… Y, mientras el señor Goliadkin empezaba a devanarse los sesos acerca de por qué exactamente era difícil protestar siquiera contra ese pellizco, la idea misma de este adquiría inadvertidamente otra forma, la forma de una pequeña o más bien considerable infamia que había visto, oído o cometido recientemente… y cometido a menudo, aunque no por bajeza, no siguiendo un impulso vil, sino porque sí… a veces, por ejemplo, oportunamente… por delicadeza… otras veces, por su absoluta indefensión, y, por último, bueno, porque… porque, en una palabra, ¡el señor Goliadkin sabía muy bien por qué! Ahí el señor Goliadkin se ponía rojo en su sueño y, reprimiendo su rubor, murmuraba algo acerca de que en tal ocasión, por ejemplo, podría mostrar firmeza de carácter, una firmeza considerable de carácter… para luego concluir: «Y ¿qué es la firmeza de carácter?… ¿Por qué tengo que traerla a colación en este momento?…». Pero lo que más enfurecía e irritaba al señor Goliadkin era que ahí mismo, en ese preciso instante, lo llamaran o no, aparecía un individuo conocido por su conducta farsesca y escandalosa, y también, a pesar de que, al parecer, el asunto era sabido, también murmuraba con una sonrisita indecente algo así como: «¿A qué viene aquí la firmeza de carácter? ¿De qué firmeza de carácter podemos hablar tú y yo, Iákov Petróvich?». Luego soñaba que se hallaba en la estupenda compañía de personas reconocidas por su ingenio y noble distinción; que, a su vez, se distinguía por su amabilidad e ingenio, que todos lo querían, incluso algunos de sus enemigos que allí se encontraban, lo que le resultaba muy agradable; que todos le daban prioridad y que, por último, escuchaba con placer cómo el anfitrión, llevándose aparte a uno de los invitados, lo llenaba de elogios… pero, de pronto, de buenas a primeras, aparecía otra vez un individuo conocido por sus malas intenciones y bestiales impulsos bajo la forma del señor Goliadkin menor, y ahí mismo, de una vez, en un abrir y cerrar de ojos, con su sola aparición, Goliadkin menor aniquilaba todo el triunfo y toda la gloria del señor Goliadkin mayor, eclipsaba con su persona a Goliadkin mayor, hundía en el barro a Goliadkin mayor, y por último mostraba a las claras que Goliadkin mayor, es decir, el verdadero, no era en absoluto el verdadero, sino una falsificación, mientras que él era el verdadero; que, por último, Goliadkin mayor no era en absoluto lo que aparentaba, sino que era de tal forma y tal otra y, por consiguiente, no debía ni tenía derecho a pertenecer a la sociedad de gente bienintencionada y distinguida. Y todo esto sucedía con tal rapidez que el señor Goliadkin mayor no tenía tiempo de abrir la boca cuando ya todos se entregaban en cuerpo y alma al repugnante y falso señor Goliadkin y, con el más profundo desprecio, lo rechazaban a él, el verdadero e inocente señor Goliadkin. No quedaba nadie cuya opinión no fuera tergiversada, al instante y a su manera, por el repugnante señor Goliadkin. No quedaba nadie, ni siquiera el más insignificante de la compañía, de quien el despreciable y falso señor Goliadkin no intentara ganarse la simpatía a su modo, de la manera más empalagosa, a quien no adulara a su manera, ante quien no quemara, según su costumbre, un agradable y dulce incienso, de suerte que el individuo envuelto en su humo no hacía más que inhalar y estornudar hasta las lágrimas en señal de supremo placer. Y lo principal es que todo sucedía en un segundo: ¡la rapidez de la jugada del sospechoso y despreciable señor Goliadkin era asombrosa! Apenas lograba, por ejemplo, lisonjear a uno y ganarse su benevolencia que ya, en un simple parpadeo, había acometido a otro. Lisonjeaba y lisonjeaba a otro con disimulo, le arrancaba una sonrisa de condescendencia, daba una patadita al suelo con su piececito cortito, redondito y, por cierto, bastante rústico, y ya estaba haciéndole la corte a un tercero, al que también lisonjeaba amigablemente; no llegabas a abrir la boca, no tenías tiempo de asombrarte, que ya estaba haciendo lo mismo con un cuarto… ¡Un horror, pura brujería! Y ¡todos estaban encantados de él, todos lo querían, todos lo ensalzaban, todos proclamaban a coro que su afabilidad y sensibilidad satírica era incomparablemente mejor que la afabilidad y espíritu satírico del verdadero señor Goliadkin, y rechazaban al justo señor Goliadkin, y ya echaban a empujones al bienintencionado señor Goliadkin, y ya le daban pellizcos al verdadero señor Goliadkin, tan conocido por su amor al prójimo!… Angustiado, horrorizado y furioso, el atormentado señor Goliadkin salía corriendo a la calle y llamaba un coche para volar directo a casa de su excelencia o, al menos, a la de Andréi Filíppovich, pero… ¡horror!, los cocheros no se avenían a llevar al señor Goliadkin, diciendo cosas como: «No, señor, no se puede llevar a dos personas exactamente iguales; su excelencia es un buen hombre que trata de vivir con honradez y no de cualquier modo, y no suele andar por partida doble». En un arranque de vergüenza, el perfectamente honrado señor Goliadkin miraba a su alrededor y en efecto comprobaba por él mismo, con sus propios ojos, que los cocheros y Petrushka, confabulado con ellos, llevaban razón, puesto que el depravado señor Goliadkin se hallaba en efecto allí, a su lado, a corta distancia, y, fiel a las ruines costumbres de su genio, ahora también, en ese caso crítico, se preparaba sin falta a hacer algo muy indecoroso, algo que no denotaba en absoluto la singular nobleza de carácter que proporciona habitualmente la educación… nobleza de la que tanto se jactaba a la menor ocasión el detestable señor Goliadkin segundo. Fuera de sí, avergonzado y desesperado, el acabado pero perfectamente justo señor Goliadkin se echaba a correr a donde lo llevara el viento, a donde quisiera la suerte, a la buena de Dios; pero, a cada paso, a cada golpe de pie contra el granito de la acera, brotaba, como de debajo de la tierra, un señor Goliadkin exactamente igual, absolutamente idéntico, con su repugnante perversión de corazón. Y todos ellos, tan pronto como aparecían, echaban a correr uno tras otro, y formando una larga cadena, como una fila de patos, se estiraban y cojeaban tras el señor Goliadkin mayor, por lo que no había manera de huir de todos esos perfectos sosias; por lo que al señor Goliadkin, digno de la mayor compasión, se le cortaba el aliento del espanto; por lo que surgía al fin una aterradora multitud de perfectos sosias que acababan invadiendo toda la capital, de modo tal que un agente de policía, al ver semejante violación del decoro, se veía obligado a agarrar de las solapas a todos ellos y encerrarlos en una garita que casualmente se encontraba cerca de él… Helado y rígido de espanto, nuestro héroe se despertaba, y helado y rígido de espanto sentía que la vigilia apenas si le deparaba algo mejor… ¡Se sentía oprimido y atormentado!… Su angustia era tal que le parecía que alguien le arrancaba el corazón a dentelladas…


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