El doble

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Tras leer la carta de Vajraméiev, nuestro héroe estuvo varios minutos como fulminado por un rayo. Así pues, ¡todo quedaba explicado, todo, todo! Todo quedaba al descubierto, y la infamia de la intriga infernal prevalecía sobre la inocencia. Por lo demás, el señor Goliadkin no acababa de entenderlo todo completamente; seguía sin poder recobrarse del estupor que se había apoderado de él. Con una angustia y una agitación terribles, pálido como un pañuelo, con la carta en sus manos, se paseó varias veces por la taberna; para colmo de desgracias, nuestro héroe no advirtió que en ese momento era objeto de la atención exclusiva de todos los presentes. Seguramente el desaliño de su ropa, la incontenible agitación, su modo de andar o, mejor dicho, de corretear, los gestos que hacía con ambas manos, acaso algunas palabras misteriosas dichas al viento y por distracción… seguramente todo hablaba bastante mal del señor Goliadkin a los ojos de los visitantes; incluso el mozo empezó a mirarlo con recelo. Cuando volvió en sí, nuestro héroe advirtió que estaba en medio de la taberna contemplando casi de un modo indecente y descortés a un viejecito de aspecto muy venerable que, después de comer y de rezar ante un icono, había vuelto a sentarse y tampoco apartaba los ojos del señor Goliadkin. Nuestro héroe advirtió con una mirada confusa que todos, decididamente todos, lo estaban mirando con un aspecto siniestro y sospechoso. De pronto, un militar retirado, con cuello rojo, pidió en voz alta La Gaceta Policial. El señor Goliadkin se estremeció y se sonrojó. La carta de Vajraméiev y la divulgación oficial fulguraron en su cabeza. En ese mismo instante, nuestro héroe bajó sin querer los ojos al suelo y vio que iba vestido de un modo indecente, con ropa que ni en su casa hubiera podido permitirse, ya no solo en un lugar público. Las botas, los pantalones y todo su lado izquierdo estaban cubiertos de barro; la trabilla de la pierna derecha, suelta, y el frac, rasgado en varios sitios. En su inagotable angustia, nuestro héroe se dirigió a la mesa donde había leído la carta y vio que se le acercaba el camarero de la taberna con una expresión extraña e insolentemente pertinaz. Desconcertado y abatido, nuestro héroe se puso a examinar la mesa ante la que ahora se hallaba parado. Sobre la mesa había platos sin retirar, una servilleta sucia y un cuchillo, un tenedor y una cuchara recién usados. «¿Quién se habrá comido esto? –pensó nuestro héroe–. ¿Habré sido yo? ¡Todo puede ser! He comido y no me he dado cuenta. ¿Qué debo hacer?» El señor Goliadkin alzó los ojos y vio otra vez a su lado al mozo, que se disponía a decirle algo.


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