El doble

El doble

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Sufro, sucumbo… ¡sálvame! ¡Un calumniador, un intrigante, un hombre conocido por la vanidad de sus pretensiones me enredó en sus redes y estoy perdida! ¡He sucumbido! (Pero él me repugna, mientras que tú…) Nos han separado, han interceptado las cartas que te escribí, y todo lo ha hecho aquel inmoral valiéndose de su mejor cualidad: el parecido contigo. En todo caso, se puede ser feo y cautivar con la inteligencia, los nobles sentimientos y los buenos modales… ¡Sucumbo! Me entregan a la fuerza, y el que más intriga aquí es mi padre, mi bienhechor, el consejero de Estado Olsufi Ivánovich, quien seguramente desea ocupar mi lugar y aprovechar mis vínculos entre la gente de buen tono… Pero me he resuelto y protesto con toda la fuerza de la que me ha dotado la naturaleza. Es decir, que así y asá, protesto así y asá… usted, muy señor mío y miserable, ejem… y los Otrépiev son inconcebibles en nuestros tiempos… ¡Así que sálvame, hombre caro a mi corazón! No me dejes sucumbir, espérame con un coche hoy a las nueve en punto bajo las ventanas de casa de Olsufi Ivánovich. En casa otra vez habrá baile. Saldré y nos iremos volando, volando… y viviremos en una cabaña a orillas del mar Caspio. Además, hay aún otros puestos, como jefe de despacho en las provincias. En cuanto a nuestra anciana tiita Pelaguéia Semiónovna, no la llevaremos con nosotros: no consiente en venir. Pero, en cualquier caso, recuerda, amigo, que la inocencia es fuerte ya por su sola inocencia. Es buena además esa idea moral acerca de que cada uno tiene un lugar propio y la idea histórica de que los Otrépiev son inconcebibles en nuestros tiempos. Adiós, acuérdate de mí y, por el amor del cielo, espérame con un coche delante de la entrada. Por mi parte, me arrojaré al refugio de tus brazos a las dos en punto de la noche.


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