El doble

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Entonces nuestro héroe chocó los talones y salió de la consulta, dejando en el mayor asombro a Krestián Ivánovich. Al bajar por la escalera, se sonreía y se frotaba alegre las manos. En el porche, al respirar el aire fresco y sentirse en libertad, casi estuvo a punto de reconocerse el más feliz de los mortales y de dirigirse directamente a la oficina, pero, de pronto, en la entrada retumbó su coche; lo miró y recordó todo. Petrushka ya abría las portezuelas. Una sensación extraña y sumamente desagradable se apoderó por entero del señor Goliadkin. Por un instante pareció ruborizarse. Sintió una punzada. Ya se disponía a poner el pie en el estribo del coche cuando, de pronto, se volvió y miró hacia las ventanas de Krestián Ivánovich. ¡Eso era! Krestián Ivánovich estaba de pie en una ventana, acariciándose las patillas con la mano derecha y observando con bastante curiosidad a nuestro héroe.

–Este médico es un tonto –pensó el señor Goliadkin entrando en su coche–, un tonto de remate. Puede que cure bien a sus pacientes, pero, así y todo… es tonto como un burro.

El señor Goliadkin se sentó, Petrushka gritó: «¡En marcha!» y el coche echó a rodar otra vez en dirección a la Avenida Nevski.


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