El eterno marido

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El funcionario que traía la carta no pudo añadir nada. Claramente se deducía, por las pocas palabras que pronunció, que Pavel Pavlovich había tenido que insistir fuertemente para hacerle aceptar la misión. La frase «los gastos que hubiera ocasionado la enfermedad» exasperó a Pogoreltsev, que evaluó los gastos del entierro en cincuenta rublos —no era posible impedir a un padre que costeara el entierro de su hija—, y quiso devolver incontinenti al señor Trusotskii los doscientos cincuenta restantes. Al fin, Claudia Petrovna decidió que, en lugar de devolvérselos, se le remitiría un recibo de la iglesia atestiguando que los doscientos cincuenta rublos habían sido consagrados a la celebración de oficios por el eterno descanso del alma de la niña. Recibo que en efecto fue entregado a Veltchaninov, quien lo envió por correo a Pavel Pavlovich.









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