El eterno marido

El eterno marido

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—¡Cómo! —dijo Veltchaninov, con sorpresa. Era el consejero de Estado que él tratara inútilmente de ver dos meses antes, y que representaba en su pleito a la parte contraria.

—Lo que usted oye —contestó Pavel Pavlovich, sonriendo, como si la viva sorpresa de Veltchaninov le diese alientos—, lo que usted oye. El mismo con quien hablaba usted una vez que nos encontramos, y yo me paré a mirarle, ¿no se acuerda? Yo esperaba, para abordarle, que se fuera usted. Hemos sido colegas hace dos años; cuando me acerqué a saludarle, después que usted se fue, aún no tenía la menor idea… La idea se me ocurrió de pronto, hace ocho días.

—Pero, oiga usted, ¿no son gente «bien»? —preguntó Veltchaninov, ingenuamente.

—Sin duda, ¿y qué? —replicó Pavel Pavlovich, torciendo el gesto.

—¡Oh!, nada; no es que… pero me pareció notar, cuando estuve en su casa…

—Sí, ellos también se acuerdan de que usted estuvo en su casa —interrumpió Pavel Pavlovich, con una precipitación llena de regocijo—; sólo que no vio usted a la familia. El padre le recuerda perfectamente, y le tiene en gran estima. Yo le he hablado de usted en los términos más entusiastas!

—Pero ¿cómo es posible que habiendo enviudado hace nada más tres meses…?


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