El eterno marido
El eterno marido El señor de la gasa negra
Era el 3 de julio. Soplaba un aire pesado, y hacía un calor asfixiante. Aquel día Veltchaninov tuvo muchísimo que hacer. Toda la mañana se la había pasado en comisiones y diligencias; una visita urgente debía ocuparle la tarde. Visita a un consejero de Estado muy influyente, que podía serle útil, y al que tenía que ver en su casa de campo, situada muy lejos, a orillas del Tchiornaia.
Así, pues, al atardecer, a eso de las siete, entró Veltchaninov para comer en un restaurant de apariencia bastante mediocre, pero francés, de la Perspectiva Newski, junto al puente de la Policía. Sentóse en su rincón de costumbre, ante la mesita que le estaba reservada, y pidió la comida. Todos los días comía por un rublo, sin contar el vino, que casi nunca tomaba en vista del mal estado de su bolsillo. Sorprendíase a veces de que se pudiera comer una cocina semejante, a pesar de lo cual ingería hasta la última migaja, devorando con el mismo apetito que si llevase tres días de ayuno. «Esto debe ser morboso», pensaba al darse cuenta de ello.
