El eterno marido

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XII

En casa de los Zakhlebinine

Los Zakhlebinine eran en efecto, «gente bien», como dijera antes Veltchaninov, y Zakhlebinine ocupaba un alto puesto en la Administración. Lo que Pavel Pavlovich contara respecto a sus recursos económicos era igualmente exacto: «Viven con lujo, pero, si el padre se muriese, no les quedaría un céntimo».

El viejo Zakhlebinine recibió a Veltchaninov con una cordialidad perfecta. Pronto el «adversario» de antaño se trocó en un excelente amigo.

—Mi más cariñosa enhorabuena por el feliz término de su pleito —le dijo en seguida, con la mayor afabilidad—. Yo siempre fui partidario de una solución amistosa, y Pedro Karlovich (el abogado de Veltchaninov), desde este punto de vista, es un hombre precioso. Le corresponderán a usted sesenta mil rublos, que podrá percibir sin más trámites, ni moratorias ni molestias de ninguna clase. Mientras que, en caso contrario, todavía habría podido durar muy bien tres años el pleito.

Acto seguido, Veltchaninov fue presentado a la señora de Zakhlebinine, mujer ya madura y obesa, de facciones vulgares y ajadas. Luego, les tocó el turno a las muchachas, de una en una o de dos en dos. Eran un verdadero regimiento; Veltchaninov contó diez o doce; luego, cansado, renunció. Unas entraban, otras salían, acudían vecinas…


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