El eterno marido
El eterno marido Nueva fantasÃa de un desocupado
—¿Te sientes mal? —dijo Veltchaninov asustado—. Voy a hacer que paren y te traigan un vaso de agua…
La niña fijó en él su mirada violenta, cargada de reproches.
—¿Adonde me lleva usted? —preguntó con voz seca y cortante.
—A casa de unas personas excelentes, Liza. Están ahora en el campo; tienen una casa muy agradable; hay allà muchos niños, que te querrán mucho, ya verás… No te enfades conmigo, Liza; lo hago por tu bien…
Cualquier amigo que le hubiese visto en aquel momento habrÃa notado en él un cambio extraño.
—¡Qué… qué… qué malo es usted! —exclamó Liza, ahogada por los sollozos, mirándole con sus hermosos ojos ardiendo en ira.
—¡Es usted muy malo, muy malo, muy malo! —repitió, apretando los puños.
—¡Liza, Liza, si supieses la pena que me das! —suplicó Veltchaninov, desfallecido.
—¿Es cierto que vendrá mañana? ¿Es cierto? —interrogó ella imperiosamente.
—¡SÃ, sÃ, absolutamente cierto! Yo mismo le llevaré; iré a buscarle y le llevaré.
—No podrá usted. No vendrá —murmuró Liza, bajando los ojos.
