El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor El resto de los vecinos de nuestra cuadra se componía de cuatro viejos creyentes, ancianos y muy leídos, entre los cuales se hallaba también el viejo de Starodúbovo; de dos o tres pequeños rusos, sujetos de mala catadura, de un presidiario joven, con la nariz en punta, de unos veintitrés años, que ya había dado muerte a ocho personas: de una pandilla de falsificadores de moneda, uno de los cuales era el hazmerreír de toda nuestra cuadra y, finalmente, de algunos tíos sombríos y siniestros, rapados y desfigurados, taciturnos y envidiosos, que miraban con recelo y la vista baja en torno suyo, y predestinados a mirar, entristecerse, callar y envidiar todavía largos años…, todo el tiempo de su condena. Todo eso se me mostraba como a través de una niebla aquella primera, triste noche de mi nueva vida; se me mostraba así entre el humo y el ruido, entre insultos y palabras de un cinismo inexpresable, en un ambiente mefítico, y entre ruidos de cadenas, juramentos y risas desvergonzadas. Yo me tendí en los descubiertos petates, coloqué debajo de mi cabeza mi ropa (todavía no tenía almohada) y me tapé con mi piel; pero durante largo rato no pude pegar los ojos, no obstante estar muy cansado y rendido de todas las extrañas e inesperadas impresiones de aquel día primero. Pero mi nueva vida no había hecho sino empezar. Todavía me aguardaban muchas cosas que nunca había imaginado ni siquiera presentía…