El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Al entrar en el recinto veis en su interior algunos edificios. A entrambos lados del ancho patio interior se alzan dos largas jaulas de madera de un solo piso. Son los pabellones. Allí se alojan los presos, distribuidos por categorías. Luego, allá en lo hondo del recinto, otra jaula análoga: es la cocina, dividida en dos departamentos; más allá otra barraca, donde, bajo el mismo techo, se hallan la bodega, los almacenes y la cuadra. El centro del patio, vacío, representa un descampado llano y bastante espacioso. En él forman los presos para que los cuenten y les pasen lista, por las mañanas, a mediodía y por la tarde, y, a veces, no pocas veces también, durante el resto del día…, según la desconfianza de los celadores y su aptitud para contar aprisa. Alrededor, entre los barracones y la tapia, queda todavía un espacio bastante grande. Allí, junto al barracón trasero, algunos de los reclusos, de carácter más arisco y adusto, gustan de retraerse en los ratos de ocio, a hurtadillas de todas las miradas, y ponerse a pensar para sus adentros. Al encontrarme con ellos en la hora de aquellos paseos placíame contemplar sus rostros huraños y surcados de cicatrices tratando de adivinar lo que pensaban. Había un deportado cuya ocupación favorita en el tiempo que tenía libre consistía en contar los postes de la empalizada —eran mil ciento cincuenta— y siempre los estaba contando y mirando. Cada poste significaba para él un día; cada día apartaba uno, y de ese modo, por el número de ellos que le quedaban, podía a simple vista saber cuántos días le faltaban aún que pasar en el presidio hasta el término de sus trabajos. Se llenaba de sincera alegría cuando cumplía algún bando del hexágono. Algunos años había de aguardar aún; pero en el presidio había tiempo sobrado para aprender paciencia. Vi en cierta ocasión despedirse de sus compañeros a un recluso que se había pasado en el penal veinte años, y al cabo de ellos alcanzaba por fin su libertad. Había quienes recordaban cómo había entrado en la cárcel la primera vez, joven, despreocupado, sin pensar lo más mínimo en su crimen ni en su castigo. Salió de ella luego hecho un verdadero anciano, con un semblante agrio y adusto. En silencio atravesó todos nuestros seis pabellones. Al entrar en cada uno de ellos, rezaba por fórmula, y después, bajo, por la cintura, abrazaba a los camaradas, rogándoles no guardasen de él mal recuerdo… También, en cierta ocasión, a un preso que antes había sido un acaudalado campesino siberiano hubieron, ya anochecido, de llamarle a la puerta. Medio año antes de esto había recibido la noticia de que su mujer se había vuelto a casar, lo que le hizo una gran impresión. Ahora ella en persona se presentaba en el penal, lo llamaba y le entregaba un donativo. Estuvieron hablando dos minutos, los dos lloraban y se despedían para siempre. Yo pude verle a él la cara cuando volvía al pabellón… Sí, en aquel lugar podía aprenderse a ser paciente.