El Gran Inquisidor

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El que no sabía ningún oficio, se las ingeniaba de otro modo. Había reclusos bastante originales. Algunos ideaban, por ejemplo, un trapicheo, y ofrecían a veces objetos tales, que a nadie, fuera de los muros del penal, podía ocurrírsele, no sólo comprarlos ni venderlos, sino ni siquiera considerarlos objetos. Pero el recluso era muy pobre y extraordinariamente ingenioso. El último pingo tenía allí su valor y servía para algo. En razón de la pobreza, también el dinero tenía en el presidio un valor muy distinto del que posee en la libertad. Con grande y complicado esfuerzo podía vestirse uno por unos groschi. Aquéllos practicaban con éxito la usura. El preso que se encontraba en la penuria o en la miseria completa se llevaba su última prenda al usurero y recibía de éste algunos cobres, a un tanto por ciento feroz. Si luego no desempeñaba las prendas en el plazo debido, el usurero, despiadado e inexorable, las vendía; la usura llegaba hasta el extremo de admitir al empeño incluso objetos imprescindibles para todo recluso en todo instante. Pero en esos empeños solían producirse contratiempos, no enteramente inesperados: el individuo que había empeñado los efectos, luego de embolsarse los cuartos, iba a contarle lo ocurrido al suboficial, jefe inmediato del presidio, y aquél se apresuraba a quitarle al prestamista los objetos de reglamento empeñados sin más explicaciones y sin darle parte siquiera al jefe superior. Es curioso que en semejantes casos no surgieran discusiones; el prestamista, muy callado y serio, se apresuraba a devolver las prendas, cual si ya hubiera contado de antemano con el percance. Puede que en su interior pensase que, de haberse encontrado en el pellejo de su cliente, hubiera hecho otro tanto. Y aunque alguna vez que otra protestase, lo hacía sin encono, sólo por cubrir las formas.


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