El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor También la comida me parecía a mi suficientemente abundante. Los presos creían que no la había igual en los presidios de la Rusia europea. De éstos no me atrevo a juzgar, pues no los conozco. Algunos presos tenían, además, medios de procurarse una comida especial. La carne de vaca estaba allí a un grosch la libra, y en verano, a tres copeicas. Pero comida particular se la hacían traer únicamente aquellos reclusos que contaban con dinero fijo; los demás comían el rancho. Por lo demás, los presos, al ufanarse de su comida sólo hablaban del pan y ponderaban especialmente el hecho de que nos dieran panes enteros y no al peso, partidos a trozos. Esto último les infundía pavor; dándolo al peso, siempre alguno se quedaba con hambre, mientras que por cuadras, alcanzaba para todos. Era nuestro pan particularmente sabroso, y por ello tenía fama en toda la ciudad. Atribuían este éxito a la habilidad de los penados panaderos. También las sopas de coles eran exquisitas. Las hacían en una caldera común, sazonaban ligeramente la masa y, sobre todo, al día siguiente estaba fluida, clara. A mí me asustaba la enorme cantidad de cucarachas que se encontraba uno en ellas. Pero los presos no ponían la menor atención en tal detalle.