El Gran Inquisidor
El Gran Inquisidor Recuerdo mi primera mañana en el presidio. En el cuerpo de guardia, a las puertas del penal el tambor repicó diana, y diez minutos después procedió el oficial de los centinelas a abrir las cuadras. Empezó la gente a despertarse. A la turbia luz de una vela de sebo iban levantándose los presos, tiritando de frío, en sus petates. En su mayoría, se mostraban taciturnos y malhumorados de sueño. Bostezaban, se desperezaban y fruncían sus estigmatizadas frentes. Algunos se persignaban, otros empezaban a armarles camorra a los otros. Hacía un calor horrible. El fresco aire invernal entraba por las puertas, no bien las abrían, y nubes de vapor se formaban en la cuadra. En un cubo con agua se lavaban los presos; por turno, cogían el cubo, sacaban de él una buchada de agua y, con la boca, se espurreaban las manos y la cara. El agua estaba dispuesta desde la tarde anterior por el paraschnik. En cada cuadra, por orden superior, había un recluso, elegido entre todos, para el servicio de la cuadra. Se le designaba con el nombre de paraschnik, y no salía al trabajo. Su ocupación se reducía a velar por la limpieza de la cuadra, lavar y asear los petates y los suelos, traer y llevar el bacín y acarrear dos cubos de agua fresca, por la mañana para lavarse y el resto del día para beber. Por el cubo, que era único, surgieron inmediatamente disputas.